Hubo una vez un tiempo,
breve, es verdad, pero lo hubo,
en que no sentia envidia de nadie en absoluto.
Me miraba a mi mismo
y miraba a los otros
y ninguno era tan feliz
como yo lo era entonces.
Hubo una vez un tiempo,
apenas unos meses, es cierto, pero los hubo,
en los que el sol me saludaba desde el cielo.
Lucia para mi y para mi amada
y cuando paseabamos
a la orilla del Rhin,
el viento susurraba canciones de amor entre los sauces.
Hubo una vez un tiempo,
fueron solo unos dias, no lo niego, pero fueron,
en los que en mi pecho
sentia arder el fuego de una estrella.
Ella estaba a mi lado y yo la amaba.
Ningun paraiso eterno
podia compararse a aquella dicha.
Ningun Dios en el cielo
a mi amada en la tierra.
El futuro era entonces blanco como la plata
y yo miraba el mundo
como una inmensa fiesta.
Han pasado las horas,
los dias y los meses.
La burbuja de nacar esploto
sin estruendo.
Dentro no habia nada,
ni tan siquiera humo.
Ahora el sol ya no sale.
El viento trae tan solo
rumores de tormenta.
Indiferente y ciego
fluye el Rhin hacia el mar.
Cuando veo en los otros
la alegria que tuve
siento envidia, y nostalgia,
y frio. Mucho frio.
El mundo quedo helado
desierto y en silencio.
Al final del camino
no se ve luz alguna,
ni cabaña o roquedo
en el cual guarecerse
Tal vez lo mejor sea
que cierre ahora los ojos
y espere, simplemente
hasta que llegue el sueño.
Tokyo, Octubre 1998
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