El jazz me deja siempre un regusto de muerte,
humo de alcantarillas, rosas pisoteadas.
Tristezas de saxofon, azules con sordina.
Penumbras y susurros
entre vasos de whisky o de ginebra
y un grito que desgarra el aire en las tinieblas.
Gorigori de sirenas sin mar ni marineros,
el jazz contiene siempre ese sirope amargo
de las noches en vela.
Palabras a distancia
alientos de impotencia
y el ruido de los hielos que blanquean la absenta.
Confidente y discreto,
el jazz es el lenguaje que prefieren los muertos.
En el me escondo a veces,
en busca de otro tiempo.
En sus cuarta y quintas,
aumentadas algunas.
Son de melancolia,
de cielos sin luna y sin estrellas.
Rocamadour se fue una noche de jazz.
Desde entonces Miles Davis
trabaja de barquero.
Tokyo, Febrero 1999
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